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Ensayos
Pepita
Turina
SOMBRAS
Y ENTRESOMBRAS DE LA POESÍA CHILENA
Editorial. Barlovento, Santiago
de Chile 1952, pp. 74.
La
intelectualidad y la filosofía de HUMBERTO
DÍAZ CASANUEVA
Y,
en este círculo vicioso de explicaciones, temo haberme
sobrepasado sin detenerme, sin haberme detenido ya,
que es tiempo, en alguno de nuestros poetas.
No
será Neruda
ni Huidobro,
que seguramente son los esperados, los incansablemente
esperados. ¿Por qué siempre se quiere que se nos hable
de lo más sabido?
No
me detendré en ellos ni un momento más que el de haberlos
nombrado.
Me
detengo en la voz peculiar de HUMBERTO DÍAZ CASANUEVA.
¿Acaso
con él empieza el ciclo vital de ha poesía obscura
en Chile? No; no es con él, pero no importa. Este
poeta y su tránsito marcan un surco y en él me he
detenido primero.
Humberto
Díaz Casanueva no es de los poetas que enamoran, sino
de los que hacen pensar. Ninguna niña debe tener sus
poemas en su álbum, en sus libretas de versos, menos
en sus cuadernos de colegiala. Tampoco, seguramente,
es el predilecto de las educadoras de esas educandas.
La
poesía de Díaz Casanueva es una poesía de silencio
que entra en las bocas que no dicen versos y no están
en la “edad de los versos”; porque muchos creen que
existe una edad de los versos; para hacerlos, para
preferirlos, para que le tintineen en la vida pueril,
o para que le ayuden en el inevitable romanticismo
que forma parte de la patología del trance amoroso.
Humberto
Díaz Casanueva ha dicho de sí mismo: "La poesía
es para mí, ante todo, una disciplina". "Comprendo
la necesidad de disciplinar la inteligencia".
Goethe,
Paul Valery, los grandes poetas intelectuales, cuyas
dotes de fantasía brillan con el poder de la reflexión,
de la filosofía, del estudio, del enriquecimiento
cultural, son de la estirpe de Díaz Casanueva. Es
de aquellos cuya intelección, cuyo cerebro, está vigilante
de esa electrificación que produce a sus sentidos
el contacto con el mundo, la captación poética o la
transformación a poesía de un mundo mirado en los
momentos relampagueantes del trance poético que ilumina
y mueve una mano que escribe.
Humberto
Díaz Casanueva es uno de los poetas a quien debemos
darle el derecho inalienable de ser hermético, porque
es profundo, porque no es aprendiz de hermetismo y
porque conoce el ejercicio de la filosofía,
Así
como algunos buscan, para mortificar y mortificarse,
de los poetas obscuros lo más obscuro, empecemos por
buscar lo más claro, que también hay “claridad” en
las tinieblas.
Humberto
Díaz Casanueva en "El Blasfemo Coronado"
(1940), Ediciones Intemperie, tiene un rincón en que
se refiere a Chile y dice así;
¿Cómo
es mí pueblo que encima de un caballo se precipita
hasta el mar?
Sus
trigos van saliendo y pasan llorando llenos de lámparas
cautivas.
Amo
la sabiduría de mi pueblo, crío una cabeza suelta
de ídolo, con cebollas del mercado, me alumbran en
un pesebre sus brujos, sus supersticiones son el vino
de mi corazón.
Yo
me cumplo con el misterio para que su semblante estalle
un día entre los vivos".
Busquemos
ahora algo del lar paterno:
"…también
recuerdo a mi padre cuando lavaba un caballo, purificaba
una potencia.
Pobre
de mí que evoco lo más terrestre, me saco los ojos
en mentidas tierras de promisión y me encierro en
un cántaro contando los pasos del que viene hacia
el pozo".
En
su conciliación con los demás hombres,
"Comienzo
a descubrir los otros hombres, sus diálogos sublimes,
sus terribles estelas...
Siempre
hemos de mirarnos como ante un derrumbe, pasarnos
la mano por el lomo de profunda debilidad y disponer
nuestros hijos para el sueño.
No
importa que alguno ahorre monedas del tamaño de huevos
pasados, duerme mal, así en cuclillas y arrastra su
ventana encendida a las ventas, hay tantos que proceden
de diversos modos, a todos les coloco un óbolo bajo
la lengua".
En
el epílogo del poema, que comprende cinco páginas,
se descubre el imperativo del yo:
"Demasiado
exigente para vivir, pertenezco a la casta de aquellos
hombres con el sombrero en la mano que no hablan,
que tratan con un cirio sobre las rápidas aguas, fortalecen
su látigo y mantienen su destino jugueteando entre
centellas.
Vayan
a verme especialmente un sábado, no vivo en una grieta,
cuanto de círculo tiene la eternidad rodea mi casa
calurosa..."
Y
no dejan de asomar a lo largo del poema las diferencias
entre su yo y el de los demás, y el ímpetu del espíritu
solitario:
"Libradme
de gentes tan calmas, de la heredad de artesanos establecidos
que hacen los soplos para el fuego del alma, nada
quiero y sonrojo los cimientos.
De
soñador que era me han hecho remo tallado a la espalda
de un dueño;"
*
"Desde
ahora y para siempre, como figurilla de barro recalentado
pienso, relámpagos miran dentro de mí, conmigo están
el primer hombre y también el último hombre, ambos
hincados y temblando. Doy voces al mundo que hacia
mi avanza de un solo golpe y multiplicado como langosta.
todo presente expira, sólo el tiempo ornado de grandes
sombras es un revoloteo que enloquece".
"¿Dónde
estoy? ¿cómo transcurro? ¿qué costa voy llenando de
herrumbre? Como vaso que llenan y derraman una y otra
vez, en los desiertos estoy.
¿Quién soy ya tan solitario sentado en tabla llameante
sobre el mar, tumbado por el poderío de su propia
alma?"
Instilado
por un extraño fervor de muerte, como su admirado
Rainer Maria Rilke, se expresa así:
"Tiene
miedo el hombre al esplendor del abismo, por eso cuando
muere se asemeja a una blanca oruga pisada, su débil
corazón llama entonces y nadie acude. Has de llamar
a tu muerte como al copero que viene con sus dos manos
juntas, pero has de ser valiente para beber y posar
la cabeza en el brazo que sale de las tinieblas.
Atrévete
a ser noche y día, atrévete a ser del cuerpo y busca
tu alma aunque no hayas oído su voz sino dentro de
ti, atrévete a ser contado por los que trastornan
el tiempo puro y no aplaces los pasos del tiempo".
*
"Nada
puede hacer el hombre en estos lugares por su poder;
en vano quiere rescatarse de los signos que noche
a noche paran su alma en medio de la muerte. ¿De qué
dulce linaje soy proscrito?, ¿qué álamo blanco sube
de mí como un dedo inmenso hacia lo inaccesible?
La
casa vertiginosa se eleva por encima de mí, Oh, dominio
inhumano, ruta del destierro: ¡De mi corazón sale
una lira ardiendo!"
Preocupado
de la muerte, termina en este gran poema estando "alegre
de ser mortal".
Pero,
la auténtica poesía de la muerte, la entrega en 1945.
Su poema se titula "Réquiem" y es la muerte
de la madre el motivo por el cual ha nacido este canto
fúnebre.
Su
estructura es la tragedia, y el poeta ha encontrado
el ritmo acostumbrado en este motivo de duelo filial.
Su actitud es sincera, padeciendo el suceso que tantos
hombres han sufrido; la pérdida de la madre; sólo
que él, el poeta, se deshace de este sufrimiento,
arguyendo un poema de 32 páginas en función de belleza.
El motivo, transformado en alta tragedia poética,
deja escuchar la experiencia de la vida, la experiencia
de un poeta y de un filósofo; no la del hombre que
anda por la calle, ciego y sordo, sin estudio ni sensibilidad
para esa mezcla sobrenatural que es el poder poético.
Él
ha realizado lo divino que lleva dentro de sí, y los
espíritus sin divinidad pueden estar sordos a su canto.
Pero aquí se pueden recoger fácilmente infinitas bellezas,
y se puede adivinar la distancia cuando la madre muere.
Y se sabe que el poeta tiene una hija y que vive en
un país de nieve (vivía entonces, en 1945, en Canadá).
Escuchemos
un poco:
"¡Ay,
ya sé por qué me brotan lágrimas! por qué el perro
no calla y araña los troncos de la tierra, por qué
el enjambre de abejas encierra y todo zumba como un
despeñadero y mi ser desolado tiembla como un gajo.
Ahora claramente veo a la que duerme. Ay, tan pálida
su cara como una nube desgarrada. Ay, madre, allí
tendida, es tu mano que están tatuando, son tus besos
que están devorando.
¡Ay,
madre!, ¿es cierto, entonces?, ¿te has dormido tan
profundamente que has despertado más allá de la noche,
en la fuente invisible y hambrienta?
Hiéreme
memoria de los años perdidos, trechos de légamos yugo
de los dioses.
A
las columnas del día que nace se enrosca el rosario
repasado por muchas manos,
y
el monarca en la otra orilla restaña la sangre y todas
las cosas quedan como desabrigadas en el frío mortal.
¿Acaso
no ven al niño que sale de mí:
llorando,
un niño, a la carrera con su capa de llamas?
Yo
soy pues yo mismo, jamás del todo crecido y tantos
años confinado en esta tierra y contrito todo el tiempo,
sujeto par los cabellos sobre el abismo como cualquier
hijo de otros hijos.
Pero
únicamente hijo de ti, ¡Oh, dormida, cuya túnica,
como alzada por la desgracia llega al cielo y flota
y se pliega sobre mi pobre cabeza!"
*
CANTO
VI
aquí
en este país tan lejano, donde la nieve parece el
llanto congelado de los sueños.
*
CANTO
VIII
Pero
si mueres quedas también viviendo
a
través de mí como el fruto que una y mil veces
sube
al monte y no teme la escarcha
y
desaparece consumida y tornas a aparecer rescatada
y en tus vaivenes de súbito veo que pasas por los
ojos de mi hija.
*
CANTO
XII
(Si
no te pude decir adiós es porque el adiós no existe
entre nosotros)
*
Díaz
Casanueva sabe sus leyes, las de su tragedia y las
de su poder poético. Las expuso, hasta cierto punto,
en una carta pórtico del poema "El Blasfemo Coronado",
dirigida a Rosamel del Valle; carta que explica a
los dos poetas y a los amigos, entre cuyas aclaraciones
se expresa así:
"Andamos
Rosamel hace ya muchos años entre el hielo y la angustia"…
"Orgulloso
estoy de que siempre hayamos conservado nuestra poesía,
salvándola de la pirueta, la musiquilla banal, o la
inspiración sin contenido"…
"Mi
"Blasfemo Coronado" es un exorcismo, también
un pequeño mito del hombre que rechaza la conquista
del paraíso perdido para retornar a lo humano profundo.
Nostalgia siento ¡ay! tanta como Ud., por realizar
mi yo en la comunicación más que en la evasión
“El
hombre se compone de puro tiempo, de misterio y de
muerte”...
“La
voluntad de lo perecedero y lo material acepta en
su soledad el blasfemo, como un nuevo signo, no quiere
la técnica de ¡a transfiguración y prefiere la tierra
al cielo”...
“La
doncella y la madura, el lobo y el caballo, la abeja
y la llave, los cuerpos y las almas, los muertos y
los vecinos no son imágenes sino símbolos, experiencias
de quien aloja en los ámbitos secretos de la tierra,
lugar de las madres, arca de los dioses futuros sin
los cuales no podríamos vivir íntegramente”.
“Apenas
oso aclarar estas cosas que en lo inteligible se nublan.
Pero bien sabe usted cuánto amo la luz de lo real
y mi participación en el drama del hombre sobre la
tierra, aunque no sea la varilla mágica sino la espada
contra mí mismo, la que me dé la ansiada afirmación”.
Ama
la luz de lo real, y apenas osa aclarar estas cosas
que en lo inteligible se nublan.
Cómo
y cuán profundamente sabe Humberto Díaz Casanueva
que el mundo es la visibilidad. Y quiere que su mundo
interior se haga evidente como un rostro. En "La
Estatua de Sal" (su último libro publicado por
Nascimento en 1947), y en el cual también hay un Prefacio
explicativo, dibuja otra vez su alma poética en medio
de humos espesos y en la página 105 del poema dice
así:
"Todo
lo mío os muestro con temor y si lo miráis dudando,
se desvanece.
Lo
que de mí resuena es algo más de lo que yo mismo soy".
En
las páginas 14 y 15 pide:
"Aceptad
mis ritos
Yo
soy otro sueño dentro de vuestro sueño"
En
la página 58 explica:
"Si
muevo la mano alrededor de mi alma
encuentro una luz ciega,
una
zanja llena de hojas escritas"
Como
“siervo del tiempo contado”, (según propias palabras
insertas en este poema) continúa en la viva preocupación
de la muerte
"Bien
sabéis que no podré ver a mi muerte
cuando
muera, ni temerla ni testimoniarla
Y
que la necesidad de morir engendra la certidumbre
de vivir,"
Y
en la página 113 irrumpe la horrible pregunta; trágica,
humana, irremediable:
"¿Y
todo lo que hice fue sólo para merecer el morir?"
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