Pepita TURINA
o
la vida que nos duele

Juan Antonio Massone

 

Pepita TURINA
o
la vida que nos duele

Juan Antonio Massone

UNA MAÑANA
(1943)

          Una mañana es cualquier tiempo para ser o para saberse en uno o varios hechos diminutos, anónimos, aterradores o quizás si inmensos. Una mañana puede ser la noche, un extravío venido en desencuentro, en equívoco y molestia, en el padecimiento de la fatiga por sentirse impelido a vivir dimensión que otros desean, pero que al yo no le satisface ni busca vivir. Una mañana encontramos a Clod… seremos un poco ella …

          Clod, mujer de soledad visible, sin padres, sin hermanos, sin amigos fieles.

          No la acompaña el amor. El desamor no la agita. Su padecer se sustenta de aquellas pequeñeces aparentemente estériles, por esos dramas inconsistentes, ocultos, sin arranques, sin lágrimas, sin sesgos melodramáticos.

          No sufre con intensidad los padecimientos considerados mayores y dignos de llorarse. Aquellos fenómenos violentos como la muerte, la ruina, la enfermedad, son para ella sucesos un instante insostenibles, que luego resbalan por el consuelo hacia el olvido. En cambio, en las mínimas punzadas cotidianas sufre un mundo de pequeñeces irritantes”.

          Estamos pues, ante un ser distinto. Alguien cuya existencia puede definirse por el “no” de los dos períodos transcritos. Los otros, esos que son ninguno siendo numerosos, nada alcanzan a vislumbrar de la verdadera interioridad de ella, quizás si porque en la ajena lógica sólo puede contenerse realidades mensurables, objetos y causas evidenciadas por el reino común de lo que va siendo repetido, muletas advertibles porque no suponen el riesgo de la profundidad ni de lo que evada la propia espectativa. Pero ¿es tan cierta la suposición ajena? ¿Puede, en verdad, ser acierto de mirada para quien no coincide con roles prefijados, o con actitudes genéricas ante tales condiciones de mujer sin familia y sin afanes aparentes?

          Lo que ignoran, es siempre lo otro: la verdad de un, mundo gimiente, en límite constante con el drama de ser soledad ansiosa por alcanzar vínculo en espíritu. El equívoco reside en los dos extremos: en uno porque la miopía y rutina de los demás no imagina siquiera la existencia de alguien diferente; en el otro, porque quien es distinto debe inexorablemente soportar la rareza de su condición ante los demás, y, en consecuencia, no puede abrigar optimismos desmesurados para no advenir a pesimismos también irreales. Los otros no están capacitados para que su mirar alcance el ver, pero si bien, no puede imputárseles culpabilidad, no es menos cierta la desolación que le suman a quien debe sobrellevarse en peculiaridad difícil.

          En efecto, “ella tiene esperas de tanta inquietud que parecen realidades. Todo la llena de enorme atención, a sabiendas que de esos “todos” no vendrá el consuelo ni siquiera la vaga aproximación posible. No; ni siquiera eso, ya que si algo le llegaba a suceder, tenía ese sabor confuso de lo mal realizado más que de lo realizable”.

          La vivencia del otro, como definiera el amor Viktor Frankl, es la escurridiza realidad siempre al acecho en esta protagonista. Clod no puede desmentir sus ansias por hallar a quien le complete, aunque siempre en actitud de desgana, como si un no podrá ser le advirtiera la fragilidad de los encuentros, la vanidad de intentos por acercar soledades. Desgraciadamente, una especie de sino obstinado detiene toda posibilidad de triunfo. Se encuentra con un antiguo amigo, a quien la vida no le había resultado muelle: “avejentado, despojo de la guerra de 1914, con las piernas temblequeantes y un alma de funeral… "mientras ella: “atormentada de vacíos y de plenitudes, ansiosa de un refugio consolador, encontró en él la compañía discreta de un ser experimentado que podía brindarle una amistad con posible mezcla de esclavitud para la satisfacción de sus caprichos más pueriles y principalmente un ser débil ante quien podía sentirse fuerte, vencedora”.

          Pero en Clod la experiencia ha procreado conclusiones rotundas: la del saber anticipado de su propio fracaso, porque nada le puede hablar de victoria, sino de repeticiones largas, adivinadas, tal un hecho al que no le es menester anunciarse, porque ya se le conocen sus probables direcciones y logros. Clod es, por lo tanto, un espíritu que vive entre el imposible del encuentro y su no dormido anhelo del mismo. Es su paradoja definitoria, el destino inclemente de querer enlace sólo como respuesta a su necesidad íntima, insondable, pero sin la fuerza de la esperanza, ese ver el futuro en la confianza, ese disponerse a conquistarlo o a recibirlo porque desde el hoy empieza.

          El nombre de Clod es un sonido. Monosílabo entre gutural y grave. Nombre con futuro solitario.

          “Es la repetición de mis peores momentos lo que más puede aterrarme”. “Me aterran las recaídas, no la novedad”.

          Ya bien dispuesta para su mínima felicidad posible. No quiere preocuparse de sus ansias secretas, de aquellos latidos insubordinados, de sus ambiciones sofocadas por la conciencia de su mala suerte.

          Se reserva para lo posible. No quiere perder el tiempo en esperar lo que no merece o lo que le niegan”.

          Sí, de una parte quisiera soñar, abandonarse al ensueño de una conciencia gratificada por la llegada cierta de ese alguien especial para su especialísimo modo de universo insatisfecho; no obstante, existe demasiada consciencia de lo probable, de su posibilidad, como para tocar con manos y alma ese remanso, ese refugio necesario para descansar de su obsesión de ser verdaderamente diferente.

          Una vez más el relato interesa por lo que dice, por la muestra de espíritu en el desvelo de una mortal y lúcida palabra, no por el acontecer de hechos consignables en efectos visibles. Los acontecimientos viven en el alma y de ella sabremos lo que interesa, porque deja ver lo resúmenes que lo demás le dejan. Nada interesa el espacio urbano ni la novedad de algún elemento, ni la acción emprendida entre quienes son protagonistas. El espacio es interior porque allí sucede lo importante. La zona de la realidad es lo íntimo: insatisfacción incesante y desvelada, pero que en este cuento retiene no únicamente los caracteres propios de la autora: pensar certero y rotunda posición, hondura, conclusiva más cercana al ensayo, sino que por, todo ello, la intensidad trágica del destino humano de aquellos que son diferentes.

          Si todo lo anterior es muestra de un alma dispuesta o viviente en el fiel de una balanza, cuyo equilibrio dura apenas el instante fugaz de lo querido, nos presenta después el encuentro veraz de Clod y aquel “amigo de ayer” que desgraciadamente “se ha transformado en el ridículo de hoy”.

          La víspera resulta ser siempre, más promisoria y dichosa que la concreción de lo esperado. Así, en este relato, la proximidad física resulta ser contraproducente y deteriorada. Él —ni siquiera alcanza nombre— insiste en cerco de corporidad hacia ella, creyendo tal vez de esta manera, rozar, poseer una intimidad que’ no ha nacido para él o que no puede merecer a costa de sus ímpetus Además, existe la mirada de esos otros habitantes de la proximidad lejana del lugar donde están. Próximos por estar a breve espacio. Lejanos porque son anónimos y, sobre todo, como lo es el caso de aquella mujer que sale de entre los arbustos, porque viven la vida en el acierto del goce y del encuentro. Por eso le preocupa a Clod:

          “Si ella hubiera podido disfrutar de esa cercanía y el abrazo qué hubiera importado el mundo. Y siente que la ha preocupado en demasía, porque lo que ha mostrado a las gentes ha sido siempre los fracasos y las tergiversaciones de sus anhelos. Si era su felicidad lo que exhibía, no le hubiera importado la contemplación, ni siquiera la curiosidad malevolente y hasta irónica de los seres conocidos o anónimos. Ellos no eran amantes, ni prometidos de amor. Lo molesto para ella estaba en que lo parecían”.

          No es extraño el final de tal desencuentro: cada uno asume opuesta dirección y, lo que ahonda más aún todo el problema es la insistencia del amigo-amante en volver a verse, revelación de su desconocimiento de ella. Ella, sin fuerza, resignada, responderá afirmativamente, como si ni siquiera le cupiera una rebelión dignificadora o esclarecedora.

          La filosofía del pesimismo más convencido le encamina por calles donde todo es y ocurre sin mezcla de ilusión ni de buen presagio. Clod regresa a su casa porque no tiene otra alternativa. El circunstancial piropo que es capaz de provocar en un jornalero le agrega otra nada a su nadería inmen­sa. Naturalmente, este hombre no puede imaginar que la juventud corpórea pueda llevar tanto derrumbe dentro.

          Después de esto y de lo otro: “Desea la soledad, el silencio completo, la penumbra, para descomponerse de toda actitud ficticia y llorar sus lágrimas retenidas. Camina al margen de su desventura sin despegarse un ápice de ella. Ya que está sola, fatalmente sola, quiere representar sin ocultamiento el drama repetido de sus actitudes solitarias”.

          Su existir no referido a nadie, ni a un antes ni a un después de enlace le lleva a su inexorable soledad. Una especie de asfixia de sí misma, o quizás, una condena a ser consciente hasta las heces, no le deja alternativas de disimulo ni de suavidades artificiales, y tanto es así, que cuando ya al fin, vuelve a su centro solitario, a su espacio de habitación desolada, ni siquiera puede llorar, no quiere hacerlo.

          “No deja crecer su descontento; lo presiona con una resignación adaptable a la forma de su dolor. Aunque considera que la resignación es una especie de decadencia, enemiga de la causa que la ha hecho sufrir un súbito orgullo le resta abatimiento.

          Ella, que sabe arrancar de las serenidades mínimas —porque no ha conocido las mayores— una razón para seguir viviendo, con ojos tristes mira curiosa un libro nuevo que una mano conocida ha dejado en su ausencia sobre la mesa. Con dedos temblorosos lo coge, lo hojea y se sienta a leer”.

          Su drama es la imposibilidad de vivir, comunión con alguien que colme su necesidad inmensa. No lograr ser adulta en cuerpo nuevo. Unicamente sabe vivir con más afinidad junto a palabras silenciosas de impresos que de seres corpóreos y limitados.

          “Una mañana” es la corroborada noche de Clod y la clausura de futuros promisorios porque existe un nuevo fracaso, una nueva razón para afincarse en propia soledad.


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© Karen P. Müller Turina