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UNA
MAÑANA
(1943)
Una
mañana es cualquier tiempo para ser o para saberse
en uno o varios hechos diminutos, anónimos, aterradores
o quizás si inmensos. Una mañana puede ser la noche,
un extravío venido en desencuentro, en equívoco y
molestia, en el padecimiento de la fatiga por sentirse
impelido a vivir dimensión que otros desean, pero
que al yo no le satisface ni busca vivir. Una mañana
encontramos a Clod… seremos un poco ella …
Clod,
mujer de soledad visible, sin padres, sin hermanos,
sin amigos fieles.
No
la acompaña el amor. El desamor no la agita. Su padecer
se sustenta de aquellas pequeñeces aparentemente estériles,
por esos dramas inconsistentes, ocultos, sin arranques,
sin lágrimas, sin sesgos melodramáticos.
No
sufre con intensidad los padecimientos considerados
mayores y dignos de llorarse. Aquellos fenómenos violentos
como la muerte, la ruina, la enfermedad, son para
ella sucesos un instante insostenibles, que luego
resbalan por el consuelo hacia el olvido. En cambio,
en las mínimas punzadas cotidianas sufre un mundo
de pequeñeces irritantes”.
Estamos
pues, ante un ser distinto. Alguien cuya existencia
puede definirse por el “no” de los dos períodos transcritos.
Los otros, esos que son ninguno siendo numerosos,
nada alcanzan a vislumbrar de la verdadera interioridad
de ella, quizás si porque en la ajena lógica sólo
puede contenerse realidades mensurables, objetos y
causas evidenciadas por el reino común de lo que va
siendo repetido, muletas advertibles porque no suponen
el riesgo de la profundidad ni de lo que
evada la propia espectativa. Pero ¿es tan cierta la
suposición ajena? ¿Puede, en verdad, ser acierto de
mirada para quien no coincide con roles prefijados,
o con actitudes genéricas ante tales condiciones de
mujer sin familia y sin afanes aparentes?
Lo
que ignoran, es siempre lo otro: la verdad de un,
mundo gimiente, en límite constante con el drama de
ser soledad ansiosa por alcanzar vínculo en espíritu.
El equívoco reside en los dos extremos: en uno porque
la miopía y rutina de los demás no imagina siquiera
la existencia de alguien diferente; en el otro, porque
quien es distinto debe inexorablemente soportar la
rareza de su condición ante los demás, y, en consecuencia,
no puede abrigar optimismos desmesurados para no advenir
a pesimismos también irreales. Los otros no están
capacitados para que su mirar alcance el ver, pero
si bien, no puede imputárseles culpabilidad, no es
menos cierta la desolación que le suman a quien debe
sobrellevarse en peculiaridad difícil.
En
efecto, “ella tiene esperas de tanta inquietud que
parecen realidades. Todo la llena de enorme atención,
a sabiendas que de esos “todos” no vendrá el consuelo
ni siquiera la vaga aproximación posible. No; ni siquiera
eso, ya que si algo le llegaba a suceder, tenía ese
sabor confuso de lo mal realizado más que de lo realizable”.
La
vivencia del otro, como definiera el amor Viktor Frankl,
es la escurridiza realidad siempre al acecho en esta
protagonista. Clod no puede desmentir sus ansias por
hallar a quien le complete, aunque siempre en actitud
de desgana, como si un no podrá ser le advirtiera
la fragilidad de los encuentros, la vanidad de intentos
por acercar soledades. Desgraciadamente, una especie
de sino obstinado detiene toda posibilidad de triunfo.
Se encuentra con un antiguo amigo, a quien la vida
no le había resultado muelle: “avejentado, despojo
de la guerra de 1914, con las piernas temblequeantes
y un alma de funeral… "mientras ella: “atormentada
de vacíos y de plenitudes, ansiosa de un refugio consolador,
encontró en él la compañía discreta de un ser experimentado
que podía brindarle una amistad con posible mezcla
de esclavitud para la satisfacción de sus caprichos
más pueriles y principalmente un ser débil ante quien
podía sentirse fuerte, vencedora”.
Pero
en Clod la experiencia ha procreado conclusiones rotundas:
la del saber anticipado de su propio fracaso, porque
nada le puede hablar de victoria, sino de repeticiones
largas, adivinadas, tal un hecho al que no le es menester
anunciarse, porque ya se le conocen sus probables
direcciones y logros. Clod es, por lo tanto, un espíritu
que vive entre el imposible del encuentro y su no
dormido anhelo del mismo. Es su paradoja definitoria,
el destino inclemente de querer enlace sólo como respuesta
a su necesidad íntima, insondable, pero sin la fuerza
de la esperanza, ese ver el futuro en la confianza,
ese disponerse a conquistarlo o a recibirlo porque
desde el hoy empieza.
El
nombre de Clod es un sonido. Monosílabo entre gutural
y grave. Nombre con futuro solitario.
“Es
la repetición de mis peores momentos lo que más puede
aterrarme”. “Me aterran las recaídas, no la novedad”.
Ya
bien dispuesta para su mínima felicidad posible. No
quiere preocuparse de sus ansias secretas, de aquellos
latidos insubordinados, de sus ambiciones sofocadas
por la conciencia de su mala suerte.
Se
reserva para lo posible. No quiere perder el tiempo
en esperar lo que no merece o lo que le niegan”.
Sí,
de una parte quisiera soñar, abandonarse al ensueño
de una conciencia gratificada por la llegada cierta
de ese alguien especial para su especialísimo modo
de universo insatisfecho; no obstante, existe demasiada
consciencia de lo probable, de su posibilidad, como
para tocar con manos y alma ese remanso, ese refugio
necesario para descansar de su obsesión de ser verdaderamente
diferente.
Una
vez más el relato interesa por lo que dice, por la
muestra de espíritu en el desvelo de una mortal y
lúcida palabra, no por el acontecer de hechos consignables
en efectos visibles. Los acontecimientos viven en
el alma y de ella sabremos lo que interesa, porque
deja ver lo resúmenes que lo demás le dejan. Nada
interesa el espacio urbano ni la novedad de algún
elemento, ni la acción emprendida entre quienes son
protagonistas. El espacio es interior porque allí
sucede lo importante. La zona de la realidad es lo
íntimo: insatisfacción incesante y desvelada, pero
que en este cuento retiene no únicamente los caracteres
propios de la autora: pensar certero y rotunda posición,
hondura, conclusiva más cercana al ensayo, sino que
por, todo ello, la intensidad trágica del destino
humano de aquellos que son diferentes.
Si
todo lo anterior es muestra de un alma dispuesta o
viviente en el fiel de una balanza, cuyo equilibrio
dura apenas el instante fugaz de lo querido, nos presenta
después el encuentro veraz de Clod y aquel “amigo
de ayer” que desgraciadamente “se ha transformado
en el ridículo de hoy”.
La
víspera resulta ser siempre, más promisoria y dichosa
que la concreción de lo esperado. Así, en este relato,
la proximidad física resulta ser contraproducente
y deteriorada. Él —ni siquiera alcanza nombre— insiste
en cerco de corporidad hacia ella, creyendo tal vez
de esta manera, rozar, poseer una intimidad que’ no
ha nacido para él o que no puede merecer a costa de
sus ímpetus Además, existe la mirada de esos otros
habitantes de la proximidad lejana del lugar donde
están. Próximos por estar a breve espacio. Lejanos
porque son anónimos y, sobre todo, como lo es el caso
de aquella mujer que sale de entre los arbustos, porque
viven la vida en el acierto del goce y del encuentro.
Por eso le preocupa a Clod:
“Si
ella hubiera podido disfrutar de esa cercanía y el
abrazo qué hubiera importado el mundo. Y siente que
la ha preocupado en demasía, porque lo que ha mostrado
a las gentes ha sido siempre los fracasos y las tergiversaciones
de sus anhelos. Si era su felicidad lo que exhibía,
no le hubiera importado la contemplación, ni siquiera
la curiosidad malevolente y hasta irónica de los seres
conocidos o anónimos. Ellos no eran amantes, ni prometidos
de amor. Lo molesto para ella estaba en que lo parecían”.
No
es extraño el final de tal desencuentro: cada uno
asume opuesta dirección y, lo que ahonda más aún todo
el problema es la insistencia del amigo-amante en
volver a verse, revelación de su desconocimiento de
ella. Ella, sin fuerza, resignada, responderá afirmativamente,
como si ni siquiera le cupiera una rebelión dignificadora
o esclarecedora.
La
filosofía del pesimismo más convencido le encamina
por calles donde todo es y ocurre sin mezcla de ilusión
ni de buen presagio. Clod regresa a su casa porque
no tiene otra alternativa. El circunstancial piropo
que es capaz de provocar en un jornalero le agrega
otra nada a su nadería inmensa. Naturalmente, este
hombre no puede imaginar que la juventud corpórea
pueda llevar tanto derrumbe dentro.
Después
de esto y de lo otro: “Desea la soledad, el silencio
completo, la penumbra, para descomponerse de toda
actitud ficticia y llorar sus lágrimas retenidas.
Camina al margen de su desventura sin despegarse un
ápice de ella. Ya que está sola, fatalmente sola,
quiere representar sin ocultamiento el drama repetido
de sus actitudes solitarias”.
Su
existir no referido a nadie, ni a un antes ni a un
después de enlace le lleva a su inexorable soledad.
Una especie de asfixia de sí misma, o quizás, una
condena a ser consciente hasta las heces, no le deja
alternativas de disimulo ni de suavidades artificiales,
y tanto es así, que cuando ya al fin, vuelve a su
centro solitario, a su espacio de habitación desolada,
ni siquiera puede llorar, no quiere hacerlo.
“No
deja crecer su descontento; lo presiona con una resignación
adaptable a la forma de su dolor. Aunque considera
que la resignación es una especie de decadencia, enemiga
de la causa que la ha hecho sufrir un súbito orgullo
le resta abatimiento.
Ella,
que sabe arrancar de las serenidades mínimas —porque
no ha conocido las mayores— una razón para seguir
viviendo, con ojos tristes mira curiosa un libro nuevo
que una mano conocida ha dejado en su ausencia sobre
la mesa. Con dedos temblorosos lo coge, lo hojea y
se sienta a leer”.
Su
drama es la imposibilidad de vivir, comunión con alguien
que colme su necesidad inmensa. No lograr ser adulta
en cuerpo nuevo. Unicamente sabe vivir con más afinidad
junto a palabras silenciosas de impresos que de seres
corpóreos y limitados.
“Una
mañana” es la corroborada noche de Clod y la clausura
de futuros promisorios porque existe un nuevo fracaso,
una nueva razón para afincarse en propia soledad.
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